¿¿??

Tal vez sea hora de dar algunas explicaciones.

Hay un poco, o un mucho, de caos en este lugar. En realidad era mi intención, o, dicho de otro modo, decidí no preocuparme demasiado por el orden de lo que pusiera en este sitio. De ello se desprende también que no tenga demasiado interés en usar hashtags o buscar posicionarme.

Este espacio surgió como una vía de expresión, a pesar de que no hubiera ningún lector; no había problema en eso. Yo necesitaba descargar lo que tenía, pero no como un tonto grito desesperado lanzado al cielo. Bueno, a veces sí, lo admito. Pero también, las más de las veces, tratando de construir, a base de retazos, como la vida, una red de ideas, creencias, sentimientos, emociones, que reflejen o rodeen, mal que bien, mi vida.

Mi vida. La vida. Ahora explicaré algunos porqués del título de esta espacio virtual: Brío alucinado. El brío es una gran fuerza, una pujanza, destinada a la ejecución de una acción. Es también la resolución, el espíritu, el  valor, la gallardía. Lo alucinado es aquello trastornado, sin razón. Cuando le puse a este blog el nombre que lleva pensaba en una manera de designar el afán básico del hombre: vivir. Pero entendido el vivir como una actividad que se ejerce sin demasiado sentido, y que se debe ejercer con valor, con fuerza; pero no una fuerza justificada y sacada por un motivo razonable, si quiera sabido. No. Yo entendía a la actividad de vivir como una hechura realizada por el solo hecho de seguir viviendo, no porque considere al hombre un perezoso o porque yo mismo me haya tirado al abandono, sino porque considero que es así, que mucho de lo que ocurre en la vida de un hombre no tiene sentido. Nadie sabe por qué seguir, y sin embargo, lo hace, y para ello necesita de fuerza, y no cualquiera; necesita de brío, aquel brío alucinado, sin razón, que conseguimos y que necesitamos para aún estar en este montaje extraño y loco, de cabeza y sin sentido suficiente, pero aún así siguiendo.

Entonces me surgió una idea. Como yo tenía un dibujo de un personaje que iba a ser , digamos, la mascota de este blog, decidí, tras darle vueltas, dotar a ese personaje mi identidad, en otras palabras, que me represente. ¿Ven que Liniers se dibuja a sí mismo como un conejo? Bueno, pues yo resulté un gato.

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Me gustaba rosa pero me parecía un tanto a una pantera…
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Terminé verde.

Para seguir jugando con el nombre del blog me llamé a mí mismo Brío. Y, como se puede ver en el dibujo, estoy alucinando (nótense los ojos excéntricos al mismo estilo de las representaciones Chavín).

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Nótese.

La lengua afuera es un detalle propio, que hago a menudo en mis dibujos.

El asunto es que Brío Alucinado también me designa a mí, como un tipo, llamado Brío efectivamente, que, para vivir, es poseedor de un estado alterado, potente, para enfrentarse a la vida como hay que hacerlo, alucinado.

Si vine aquí a explicar más cosas, o menos, ya no importa.

 

HORDAS

Me pude haber ahorrado verdaderos malos ratos, jaquecas, cansancio y escuchas desagradables si hubiera buscado bien las prácticas preprofesionales que me pedían en la universidad. Porque, y seré sincero, hay mucha mediocridad y mal gusto en el mundo audiovisual limeño, o, debería decir, en las hordas del audiovisual en la capital.

Todo esto pude haberlo evitado si hubiera buscado debidamente aquello que me gustase hacer y me desarrollase como profesional. ¿No busca uno eso acaso cuando quiere conseguir un trabajo? ¿Por qué perderse en un mundo que no satisface? Hablamos de una vida, de días invertidos en algo que supuestamente tiene que retribuirnos alguna complacencia, un instante de felicidad.

Todo esto empezó cuando decidí escribirle a mi tía para que me contacte con gente que estuviera en el medio. Me consiguió dos contactos: Gabriel, a quien todos dicen Gabi, un tipo francamente impresentable y manido, grosero, Shrek; y una chica llamada Antonieta, productora de un programa de tele llamado Chicas en Todas.

En realidad todo esto me sirve en letra, en papel, aumentando el CV, alimentando la ficción de ese chico que es foto y datos, que se construye para el mundo laboral, un resumen de mí, una elaboración profesional.

ELLA ERA UNA CHICA PLÁSTICA

Cómo me aburre soberanamente aquella parte de mi existencia que dedico al  grupo de producción de Chicas en Todo, magazín, o griterío, de un canal del este de Lima. En serio, me digo muchas veces que el abordaje que ellas realizan de la vida resulta tan light que espanta. El trato que me dan habla del modo en que entienden el poder y la jerarquía malsana de dueño y siervo que pulula por la mente de los impensantes de las hordas del audiovisual limeño. Ellas ni se dan cuenta, por supuesto. Ellas se indignan de las actitudes racistas del periodista Mantecoso, pero ensalzan la belleza establecida socialmente, se fijan en las arrugas de unos y de otros, se ponen tetas, culos, labios y demás.  Una cosa es soportar unos labios hinchados vistos a través de una pantalla, pero otra es verlos de cerca, de verdad. No, se, puede con tanto artificio. Joder, ¿ya dije que grabamos en una clínica de cirujanos plásticos?

Por eso deseo irme, pero algo me ata. Será que mi alter ego, el innombrable, el cobarde, el tímido, que vive dentro de mí,  en un radiador (déjenme fantasear como lynchiano) quiere seguir por complacencia, por cobardía, por vendido, por ganapán mísero y mermelero? Yo soy Brío,  un artista, un niño genio, una personalidad.  ¿Y me ato a un cúmulo de culos bien vestidos?

DESPRENDIMIENTOS

Ya veo que no podré desarrollarme como quisiera con las chicas del programa. Me incomoda su presencia, tanto como el modo de tocar los temas. ¿Por qué me sumo a un barco como este? Yo deseo más,  quiero preocuparme por aquello que valga la pena. Ellas abordan la vida con frescura epidérmica, tocan sus temas a partir de una ideología que no comparto. La otra vez fuimos al canal de tele donde salían hace años: Iris. Justo el día anterior el conductor de un programa de ese medio había lanzado insultos racistas: el impresentable de Bernardo Mantecoso. Entramos al set del susodicho. Yo por dentro quería irme de allí lo antes posible. Ellas se tomaban fotografías de lo mas felices y relajadas. ¡Por dios! Estás en el set del desdeñable racista y tú te sacas fotos sentada en su sillón, haciendo muecas, sonriendo etérea .  ¡Qué tonto resultaba! ¡Qué penoso!

¿Qué quiero lograr quedándome aquí? ¿Por qué sigo ingresando en este mundo audiovisual televisivo? Me da dolor de cabeza. Ya veo por dónde apuntan. Mis intentos de virar el barco fallan. Era obvio, era de esperarse.

Aprendo la rutina y me voy. Aunque ni siquiera sé si eso me sirva.

OMBLIGO

Como puede notarse, estos son algunos retazos de mi vida, una vida extraña e inverosímil como todas. Una vida sin sentido y sin dirección clara. Una vida habitable, cansadora, a veces demasiado molesta, y, tan solo en momentos que hacen que valga la pena, feliz, disfrutable, embelesadora.

Este soy yo, al menos eso trato de transmitir. Puede que falle. Estos son mis pensamientos, lo que escribo a propósito de lo que vivo. Pretendo con esto compartir con algún paseante equivocado las razones y las sinrazones de mis accionares en este espacio temporal que me ha asignado la naturaleza, y que aún mantengo, mal que bien, con dolor de espalda pero ahí, dándole. Saben, yo quise crear este blog para poder decir lo que creo sin problemas, para manifestar mis saberes, creencias, ignorancias, carencias, bríos, locuras, para poder expresar con fuerza lo que soy, lo que pienso, lo que vivo. Por eso esto. Por eso este afán, estos escolios. Cito a Hildebrando Pérez: “los entrego, sin piedad, para que florezcan sobre la tierra dura que nos ha tocado transformar o se los lleve el viento (si acaso nada dicen).

DILEMAS

El penúltimo ciclo de mi carrera universitaria se termina pronto, por lo cual debería ahora estar haciendo alguno de los trabajos que he ido acumulando en todos estos meses. Debería estar algo preocupado, tal vez estresado, incluso fastidiado o hasta desequilibrado emocionalmente. Y sin embargo nada de eso me ocurre, pero no porque la esté pasando bien o porque mis días sean una maravilla. El número de errores y malhechuras por día no ha disminuido. Sucede que la he pasado bien ayer, conversando con un amigo, y cavilando sobre la vida, sobre lo que nos espera, y sobre lo que queremos hacer o dejar de hacer. No se diría que fue una conversación divertida o genial, pero sí placentera. Su disfrute radicó en que hablamos de lo que a veces no queremos ver, de aquello que no nos dicen. ¿A dónde quiero llegar con lo que hago? ¿Por qué lo hago? ¿Me satisface?

Y ello me relajó. Me hizo querer hacer algunas cosas que dejo olvidadas por tonterías que reclaman mi esfuerzo y atención, y que no valen todo lo puesto por ellas. Quiero hacer algo que me haga sentir bien conmigo, empezando en pequeñas acciones. Hay esperanza en esta vida, al menos en el intento me siento bien. ¿Qué hago para cambiar lo que debe ser cambiado? Ya llegó la hora de que tenga la fortaleza, la locura, de hacerlo. El brío alucinado que necesito ponerle a la vida no puede seguir guardado.

JE SUIS UN PÉDÉ

François, mirándose fijamente en el espejo, se enfrenta a sí mismo y acrecienta una oración que primero surge como un susurro, cuando lo vemos en un plano abierto en el baño vacío de su colegio internado, acobijado y desarmado a la vez por la silente noche. Es el momento decisivo. Sale desesperado y bajo el primer “Je suis un pédé”, urgente, accidentado. A medida que Techiné, el director, cierra el plano cada vez más, François lo dice con más fuerza. Soy homosexual. Soy homosexual. Soy homosexual. Hay certeza en sus palabras, un afán de encontrar la verdad, de mostrarla mediante la palabra, de no dar cabida al error: es homosexual. Pero también hay cierta desesperación en su voz, un afán conflictivo que tiñe de emoción, de exclamación, de dudas y de incertidumbres, su precisa frase reiterada. Soy homosexual, dice, mirándose a los ojos, a él mismo, tratándose de hacerse entender que tiene que aceptarse si no quiere volverse loco, que no hay otra verdad que esa, y que si la sigue esquivando, no podrá ser feliz. Pero también parece ocultar una promesa molestosa: el futuro que le depara su propia realidad. Soy homosexual, se grita, enfrentando la dicha y la adversidad. Soy homosexual, y no hay a dónde huir porque NO hay que huir. Soy homosexual, y no escapa la mirada de su propio ser. Soy homosexual, ya bien fuerte, vuelto grito. Fijo en él mismo y en ella (la frase), François se encuentra. El ritual se consuma. La frase lo tiñe y lo ilumina, a la vez.

Je suis un pédé

Gracias, François, por haberlo dicho.

Yo también soy homosexual.

RESPETO

No estaría nada mal que me diera mi lugar. Sé, no crean que no, que no soy un ser extraordinario y genial. Soy apenas un tipo con algo interesante que decir. No me creo una persona imprescindible. Tampoco soy un artista, al menos aún no. Aunque, si no lo soy ahora, a los veinte años, tal vez deba de preguntarme si lo voy a llegar a ser. Creo que queda claro que no me creo una gran personalidad. Pero tampoco me considero una persona de la cual pasar. Hay muchas personas que no vale la pena conocer. No sé si será mi caso, pero sé, por lo menos, que gente peor que yo hay, y en cantidad. He logrado algunos méritos, entre tantos fracasos. Le he quitado imperfección a quehaceres en los que me siento al menos algo talentoso.

Tengo un valor. No me nutro para terminar como un imbécil haciendo tonterías. Yo deseo estados elevados; deseo trascender. Intensidad y altura, como decía Vallejo.

A veces me falta cojones como para decir lo que quiero; hacer lo que debo o pienso que debo hacer. ¿Tengo miedo al fracaso? ¿Temo al castigo? Es hora de ser un adulto.

¿Ahora entienden lo de enfant terrible frustrado?

Abran paso. O se los haré notar. Antes, me lo haré notar.

 

BUSCAR

Estoy en una búsqueda constante. Sé que la vida es complicada, y errónea la mayor parte del tiempo. Solo a veces es agradable, disfrutable, ejemplar. Esos momentos son especiales. Pero no vienen por sí solos; es cuestión de trabajar por ellos, aunque muchas veces con resultados equívocos. Hay que tenerlo en cuenta porque si no uno espera a que las cosas empiecen a sucederles bien siempre, las veinticuatro horas del día, todos los días del resto de su vida. Y no es así, señores. Hay que desengañarse. Hay que desasnarse un poco, o un mucho. ¿Acaso creen en una vida cien por ciento certera y genial? ¿Perfecta? ¿Exitosa?

Sartre ya lo había dicho: Nada fracasa tanto como el éxito. ¿Qué es el éxito? Yo no lo busco ni lo quiero ni quisiera regodearme en él. Otro día puedo desarrollar eso, aunque, pensándolo bien, ¿qué puedo decir que ya otros no hayan dicho e informado cumplidamente al respecto? Me refiero a voces autorizadas, a comentarios provenientes de personas sapientes y eminentes, no a cualquier pseudovurú de no sé qué.

Yo me contento con aquellos instantes de luz que profieren al alma, o a aquello que nos hace humanos a algunos hombres, una instancia habitable y gustosa aunque sea por un microsegundo, pero que permanecen en el recuerdo, y que se llevan desde entonces, siempre, en el absurdo ejercicio del vivir, acompañándonos. Aquello te modifica, te enriquece como persona. Lleva tu existencia más allá de sus estrechos límites. Busco ello, aunque sean dos o tres en diez años, o veinte -los que tengo-, o toda una vida.

Soy por ello esteta, e intento de artista. Encuentro en el arte ese placer luminoso y confortable, batiente siempre, que me da la satisfacción que busco. Buscarla es, para mí, vivir; no conseguirla, que, sin ninguna certeza de encontrarla, pueda llevarme a vivir en vano. Aunque si lo pensamos… Pero no. Porque si no se encuentra, no es una vida en vano. Es en vano si no se busca. Lo demás es tiempo muerto.