HORDAS

Me pude haber ahorrado verdaderos malos ratos, jaquecas, cansancio y escuchas desagradables si hubiera buscado bien las prácticas preprofesionales que me pedían en la universidad. Porque, y seré sincero, hay mucha mediocridad y mal gusto en el mundo audiovisual limeño, o, debería decir, en las hordas del audiovisual en la capital.

Todo esto pude haberlo evitado si hubiera buscado debidamente aquello que me gustase hacer y me desarrollase como profesional. ¿No busca uno eso acaso cuando quiere conseguir un trabajo? ¿Por qué perderse en un mundo que no satisface? Hablamos de una vida, de días invertidos en algo que supuestamente tiene que retribuirnos alguna complacencia, un instante de felicidad.

Todo esto empezó cuando decidí escribirle a mi tía para que me contacte con gente que estuviera en el medio. Me consiguió dos contactos: Gabriel, a quien todos dicen Gabi, un tipo francamente impresentable y manido, grosero, Shrek; y una chica llamada Antonieta, productora de un programa de tele llamado Chicas en Todas.

En realidad todo esto me sirve en letra, en papel, aumentando el CV, alimentando la ficción de ese chico que es foto y datos, que se construye para el mundo laboral, un resumen de mí, una elaboración profesional.

ELLA ERA UNA CHICA PLÁSTICA

Cómo me aburre soberanamente aquella parte de mi existencia que dedico al  grupo de producción de Chicas en Todo, magazín, o griterío, de un canal del este de Lima. En serio, me digo muchas veces que el abordaje que ellas realizan de la vida resulta tan light que espanta. El trato que me dan habla del modo en que entienden el poder y la jerarquía malsana de dueño y siervo que pulula por la mente de los impensantes de las hordas del audiovisual limeño. Ellas ni se dan cuenta, por supuesto. Ellas se indignan de las actitudes racistas del periodista Mantecoso, pero ensalzan la belleza establecida socialmente, se fijan en las arrugas de unos y de otros, se ponen tetas, culos, labios y demás.  Una cosa es soportar unos labios hinchados vistos a través de una pantalla, pero otra es verlos de cerca, de verdad. No, se, puede con tanto artificio. Joder, ¿ya dije que grabamos en una clínica de cirujanos plásticos?

Por eso deseo irme, pero algo me ata. Será que mi alter ego, el innombrable, el cobarde, el tímido, que vive dentro de mí,  en un radiador (déjenme fantasear como lynchiano) quiere seguir por complacencia, por cobardía, por vendido, por ganapán mísero y mermelero? Yo soy Brío,  un artista, un niño genio, una personalidad.  ¿Y me ato a un cúmulo de culos bien vestidos?

DESPRENDIMIENTOS

Ya veo que no podré desarrollarme como quisiera con las chicas del programa. Me incomoda su presencia, tanto como el modo de tocar los temas. ¿Por qué me sumo a un barco como este? Yo deseo más,  quiero preocuparme por aquello que valga la pena. Ellas abordan la vida con frescura epidérmica, tocan sus temas a partir de una ideología que no comparto. La otra vez fuimos al canal de tele donde salían hace años: Iris. Justo el día anterior el conductor de un programa de ese medio había lanzado insultos racistas: el impresentable de Bernardo Mantecoso. Entramos al set del susodicho. Yo por dentro quería irme de allí lo antes posible. Ellas se tomaban fotografías de lo mas felices y relajadas. ¡Por dios! Estás en el set del desdeñable racista y tú te sacas fotos sentada en su sillón, haciendo muecas, sonriendo etérea .  ¡Qué tonto resultaba! ¡Qué penoso!

¿Qué quiero lograr quedándome aquí? ¿Por qué sigo ingresando en este mundo audiovisual televisivo? Me da dolor de cabeza. Ya veo por dónde apuntan. Mis intentos de virar el barco fallan. Era obvio, era de esperarse.

Aprendo la rutina y me voy. Aunque ni siquiera sé si eso me sirva.

OMBLIGO

Como puede notarse, estos son algunos retazos de mi vida, una vida extraña e inverosímil como todas. Una vida sin sentido y sin dirección clara. Una vida habitable, cansadora, a veces demasiado molesta, y, tan solo en momentos que hacen que valga la pena, feliz, disfrutable, embelesadora.

Este soy yo, al menos eso trato de transmitir. Puede que falle. Estos son mis pensamientos, lo que escribo a propósito de lo que vivo. Pretendo con esto compartir con algún paseante equivocado las razones y las sinrazones de mis accionares en este espacio temporal que me ha asignado la naturaleza, y que aún mantengo, mal que bien, con dolor de espalda pero ahí, dándole. Saben, yo quise crear este blog para poder decir lo que creo sin problemas, para manifestar mis saberes, creencias, ignorancias, carencias, bríos, locuras, para poder expresar con fuerza lo que soy, lo que pienso, lo que vivo. Por eso esto. Por eso este afán, estos escolios. Cito a Hildebrando Pérez: “los entrego, sin piedad, para que florezcan sobre la tierra dura que nos ha tocado transformar o se los lleve el viento (si acaso nada dicen).

DILEMAS

El penúltimo ciclo de mi carrera universitaria se termina pronto, por lo cual debería ahora estar haciendo alguno de los trabajos que he ido acumulando en todos estos meses. Debería estar algo preocupado, tal vez estresado, incluso fastidiado o hasta desequilibrado emocionalmente. Y sin embargo nada de eso me ocurre, pero no porque la esté pasando bien o porque mis días sean una maravilla. El número de errores y malhechuras por día no ha disminuido. Sucede que la he pasado bien ayer, conversando con un amigo, y cavilando sobre la vida, sobre lo que nos espera, y sobre lo que queremos hacer o dejar de hacer. No se diría que fue una conversación divertida o genial, pero sí placentera. Su disfrute radicó en que hablamos de lo que a veces no queremos ver, de aquello que no nos dicen. ¿A dónde quiero llegar con lo que hago? ¿Por qué lo hago? ¿Me satisface?

Y ello me relajó. Me hizo querer hacer algunas cosas que dejo olvidadas por tonterías que reclaman mi esfuerzo y atención, y que no valen todo lo puesto por ellas. Quiero hacer algo que me haga sentir bien conmigo, empezando en pequeñas acciones. Hay esperanza en esta vida, al menos en el intento me siento bien. ¿Qué hago para cambiar lo que debe ser cambiado? Ya llegó la hora de que tenga la fortaleza, la locura, de hacerlo. El brío alucinado que necesito ponerle a la vida no puede seguir guardado.

JE SUIS UN PÉDÉ

François, mirándose fijamente en el espejo, se enfrenta a sí mismo y acrecienta una oración que primero surge como un susurro, cuando lo vemos en un plano abierto en el baño vacío de su colegio internado, acobijado y desarmado a la vez por la silente noche. Es el momento decisivo. Sale desesperado y bajo el primer “Je suis un pédé”, urgente, accidentado. A medida que Techiné, el director, cierra el plano cada vez más, François lo dice con más fuerza. Soy homosexual. Soy homosexual. Soy homosexual. Hay certeza en sus palabras, un afán de encontrar la verdad, de mostrarla mediante la palabra, de no dar cabida al error: es homosexual. Pero también hay cierta desesperación en su voz, un afán conflictivo que tiñe de emoción, de exclamación, de dudas y de incertidumbres, su precisa frase reiterada. Soy homosexual, dice, mirándose a los ojos, a él mismo, tratándose de hacerse entender que tiene que aceptarse si no quiere volverse loco, que no hay otra verdad que esa, y que si la sigue esquivando, no podrá ser feliz. Pero también parece ocultar una promesa molestosa: el futuro que le depara su propia realidad. Soy homosexual, se grita, enfrentando la dicha y la adversidad. Soy homosexual, y no hay a dónde huir porque NO hay que huir. Soy homosexual, y no escapa la mirada de su propio ser. Soy homosexual, ya bien fuerte, vuelto grito. Fijo en él mismo y en ella (la frase), François se encuentra. El ritual se consuma. La frase lo tiñe y lo ilumina, a la vez.

Je suis un pédé

Gracias, François, por haberlo dicho.

Yo también soy homosexual.

RESPETO

No estaría nada mal que me diera mi lugar. Sé, no crean que no, que no soy un ser extraordinario y genial. Soy apenas un tipo con algo interesante que decir. No me creo una persona imprescindible. Tampoco soy un artista, al menos aún no. Aunque, si no lo soy ahora, a los veinte años, tal vez deba de preguntarme si lo voy a llegar a ser. Creo que queda claro que no me creo una gran personalidad. Pero tampoco me considero una persona de la cual pasar. Hay muchas personas que no vale la pena conocer. No sé si será mi caso, pero sé, por lo menos, que gente peor que yo hay, y en cantidad. He logrado algunos méritos, entre tantos fracasos. Le he quitado imperfección a quehaceres en los que me siento al menos algo talentoso.

Tengo un valor. No me nutro para terminar como un imbécil haciendo tonterías. Yo deseo estados elevados; deseo trascender. Intensidad y altura, como decía Vallejo.

A veces me falta cojones como para decir lo que quiero; hacer lo que debo o pienso que debo hacer. ¿Tengo miedo al fracaso? ¿Temo al castigo? Es hora de ser un adulto.

¿Ahora entienden lo de enfant terrible frustrado?

Abran paso. O se los haré notar. Antes, me lo haré notar.